Nits#1- Llegado a éste ppunto…

Nits#1- Llegado a éste ppunto...

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Libertad, dulce divinidad.

Necesito caminar, andar al compás de tus caderas que suenan a gloria  y saben a libertad. El vaivén de su movimiento marcado por el dulce sentimiento de volar, libertad. Anhelo su olor, extraño su presencia de cuando era un niño sumido en la inocencia. Aparto su textura, tan suave y áspera como capullo en flor. Libertad, libertad, que todo das y todo lo quitas. Todo lo tienes, y no tienes nada.

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El conejo Nits.

Divertido, loco, Nits es el conejo perfecto. Todos los días, cuando sale el Sol, sale alegre de su madriguera cual actor porno al tomarse su viagra. No le importa el calor, ni la mierda de los demás. A Nits solo le interesa divertir al personal.

Una de esas soleadas mañanas, de golpe y porrazo, empezó a llover… y todos los demás animales del zoo se pusieron tristes, exceptos Nits. Éste, sin temor alguno, exclamó: “¡Hoy conseguiré que el Sol caliente más, y la lluvia cesará!”

Y comenzó a cavar un agujero. Como Nits era perfecto, no precisaba la ayuda de su amigo el Topo para tan ardua tarea. Cavó y cavó hasta llegar a lo más profundo de la Tierra. Entonces, pegó la vuelta y salió, cansado, a la superficie. Dijo a su amigo el Topo: “Oye Topo, ¡tengo una misión para ti! Necesito que vayas por el túnel que he cavado hasta el centro de la Tierra, y como estás ciego, podrás acercarte sin temor ninguno al corazón de la Tierra, y pedirle por favor que le diga a su hermano, el Sol, que caliente más para que se evaporen las nubes, ya que en el zoo están todos muy tristes.”

Nada temeroso, el Topo llegó al corazón de la Tierra, que ardía como la rabia misma de un toro español, y le suplicó dicha plegaria. Pudo resistir la temperatura de ahí dentro porque no veía, y ya saben, ojos que no ven, corazón que no siente.

El Sol aquella mañana ardió como nunca, y los cálidos rayos que de él emanaban derritieron cada una de las nubes que lloraba agua sobre la ciudad, y sobre el zoo.

Espero, entonces, que aprendan ustedes a cambiar las cosas desde nuestro interior, y nunca desde lo ajeno. 

 

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El Gorrión Milenario.

Era muy precipitado dejarse caer en ese preciso momento, apenas me habían crecido las alas y se haría muy arriesgado intentarlo tan pronto. Debía seguir aguantando, ver el exterior desde éste sucio cristal que no me deja ver nada con claridad es frustrante. Pero mis alas seguían sin crecer.

El deseo era tal, que aún recuerdo la última vez, en mi otra vida, el día en el que despegué… despegué para nunca volver. Lo añoro con todas mis fuerzas. Creo que por eso reencarnarse es la peor de las creencias, porque tengo envidia de mi propio pasado, el que nunca alcanzaré, porque antes era un Halcón y ahora tan solo soy un gorrión.

Pasaban y pasaban los días, hasta que al fin conseguí revolotear con mis negras y diminutas alas. Apenas podía coger presas porque ni mi cuerpo ni mi pico me lo permitía. Mi vista no era ni la mitad de entonces, así que de nada me servía volar alto y rápido. Dejémoslo en que de casi nada me servía volar… pues cada vez que volaba, me invadía ese sentimiento de pena inmenso.

Podía pensar, además, en un sentimiento de culpa, de no saber si dependía de mi el haberme reencarnado en un animal tan insignificante como un gorrión, comparado con un Halcón, claro. Porque perfectamente podía ser así, si tenemos en cuenta la cantidad de animales que asesiné semana tras semana para alimentarme.

El caso es que quería decir que la reencarnación es una mierda.

Firmado: El Gorrión.

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Ciudadano esotérico.

Desperté aquel día asustado. Mis venas eran de color negro, y mi piel quedaba pintada a rayas… me habían cortado todo el pelo. Rostros de gordos empresarios bañados en sangre (que no sudor) y secados en dinero rompía en mis pupilas como terremotos provocados por la ira de la razón social.

Yacía en una cama de quirófano, escuchando los latidos de mi corazón en una “máquina de esas médicas”, con el pecho “aventanado” y la mente abierta, literalmente. En el techo, el símbolo del dólar pintado me hacía confirmar todas mis sospechas. Aquello era aquel mal del que todos me habían hablado, pero del que nunca he sido consciente, el capitalismo.

El líquido que me inyectaban en vena por un aparato bombeado, que funcionaba mediante suspiros humanos, era petróleo. Lo pude identificar por su olor, su textura… y por el color de los ojos (cristalino tirando a brillante) de los allí presentes cuando se disponían a pincharme con aquellas doradas agujas. Sí, doradas, el petróleo no puede ser tratado de otra manera, es como oro negro y debe ser considerado una joya pues, recuerden, está a 100 dólares el barril (más o menos).

Y el problema del ser humano debe remontarse a todo por lo que nos quejamos hoy en día, y a los males derivados; sueldos, recortes, crisis, pobreza, hambre… dinero. Allí abrí los ojos, dejé de soñar con ideas capitalistas, pues abrí la mente para mí, y no para vivir por y para el dinero.

Pero aquello era un sueño. Me resultó fácil levantarme y despedirme educadamente de aquellos psicópatas terapéuticos a los que les importa una reverenda mierda apepinada tu bienestar, y que además, solo piensan en ti como sucia mano de obra.

En la vida real, no tengo armas, no tenemos armas.

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